Zona de Confort

Hoy hablaba con una amiga sobre la profundidad de las zonas de confort. Seamos honestos, si pudiéramos, muchos nos quedaríamos en pijama en casa entre la cama y el sofá durante mucho tiempo, viendo Netflix y saliendo únicamente para hacer la compra, cómo en el confinamiento. Y sin embargo, nos ahogábamos sin aire, sin mundo, sin barbacoas en el campo, sin piscinas con amigos, sin paisajes emotivos… nos faltaba gente, nos faltaba mundo, nos faltaba algo.
Hoy, hablando de alguien cuya zona de confort es mucho más grande que la mía, pensaba en eso, en hasta qué punto es malo o no quedarte en tu zona de confort, o es algo de lo que deberíamos estar explorando constantemente los límites. Es como la rutina, que cuando yo era niño, siempre entonaba los cánticos de Sabina contra ella, y sin embargo, de adulto, he probado sus mieles y me han acabado gustando mucho. Mi rutina de limpieza en casa, de desayuno, de ducha por las mañanas, de dejar mi ropa lista en la silla el día antes para no forzar a esa única neurona con la que me levanto cada mañana. La rutina ya no es enemiga, es una amante ocasional con la que podría acabar casado, pero que debo ser consciente… puede ser también una ingrata compañera de cama.
 



📷 Imagen de Max Vakhtbovych en Pexels

 
Pero sigamos con las zonas de confort ¿Es bueno no querer salir de casa? ¿Es bueno dejarse llevar por los miedos y aceptar que no hay nada como el calor o el frescor de la cueva? Lo malo que tienen los miedos, es que si los dejas crecer y no los podas, se hacen enormes, y acaban limitando mucho tu vida. En el submarinismo, por ejemplo, si tienes un mal día, y no vuelves al día siguiente al mar, es posible que lo dejes, he conocido muchos casos… luego recuerdan con nostalgia sus momentos bajo el mar, pero usaron alguna excusa para dejarlo y no plantar cara a sus miedos. Lo mismo sucede con las relaciones. En una serie que estoy viendo, «Solo asesinatos en el edificio«, hay un personaje que tras una gran decepción sentimental opta por quedarse en su «zona de confort», y evitar dar pie a nuevas relaciones por miedo a sufrir un dolor similar. Y es algo también muy humano, convivimos con nuestros miedos, pero aceptarlos en nuestra vida puede suponer grandes limitaciones o agujeros enormes en nuestro mundo, vacíos que nos repetimos una y otra vez «estamos llenos sin eso«, pero que sabemos no es cierto. Nos conformamos cobardes, nos mentimos sonriendo, dejamos de intentarlo… y preferimos la seguridad y el calor, que la incertidumbre de un gran abanico de circunstancias y temperaturas, olvidando que en entre esos matices… se esconde no solo el éxito, sino el verdadero sabor de la vida.
 
La vida es sólo una.
Esto no es una prueba de vestuario o un casting.
Solo hay una oportunidad… y debemos vivirla valientes.
No vaya a ser que nos quedemos en la zona de confort creyendo que somos felices, y dejemos nuestra historia a medio escribir, y media vida sin vivir.


 

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