Esa mitad de mi corazón con alma de perro

Es curioso cómo a veces, teniendo lecciones ante nosotros y no siendo conscientes de ello, no las aprendemos a la primera… ni a la segunda, y a veces ni a la cuarta. Supongo que hay matices entre la persona que usa la palabra «animal» de modo despectivo, y quien lo hace con el respeto que se debe, más aún siendo uno de ellos. Quizás sea más lógico llamarle «criatura» a aquellos seres más cercanos a nosotros, por darle un toque romántico, y referirnos así a aquellos animales que nos acompañan y que hacen una labor increíble en nuestra vida, una labor… magistral, nunca mejor dicho, son maestros para nosotros de cómo debemos vivir, y crecemos con ellos, cuidándolos y siendo cuidados.
Y durante mucho tiempo no lo vi. Crecí en entorno en el que las mascotas estaban aparte, y no eran «uno más». Luego, de adulto, no comprendí que aquella amiga Sevillana que se duchaba con su perro estaba viviendo algo precioso, y en aquel entonces no podía evitar sentirme extraño y pensar que se sobrepasaban unos límites de convivencia con un «animal». Tampoco comprendí, años después, que lo más importante antes de irse de viaje, para una persona a la que quiero muchísimo, era siempre dejar muy bien acompañados a sus tres perrines, asegurándose que estarían bien, con sus respectivas dietas y necesidades más que cubiertas, y que ellos eran tan dueños de la casa como ella, aunque no limpien ni paguen parte del alquiler.
Y es que hay animales que se convierten en parte de nosotros, en esa ficha que encaja perfectamente en nuestro puzzle, y unos y otros nos adaptamos en una armonía preciosa. Nos dan el amor que nos falta, la estabilidad, nos prometen que siempre estarán ahí con su mirada y ellos sí van a cumplirlo, nos dan esa incondicionalidad que nos encantaría tener en otras facetas de la vida.

Y ahora, cuándo menos lo esperaba, lo he entendido. Hace 20 meses que las conocí. Siempre supe que podría querer a un «hijo» de otra persona tanto como si fuera mío, y así ha sido, aunque en lugar de hijo… es una dálmata. Antes de irme de viaje, mi prioridad es saber que estará bien, aunque por encima de todo siempre pienso en llevarla con nosotros, salvo en avión… claro. Y cómo encima es mayor, aprendo sus límites, y veo en sus ojos cómo su corazón y su alegría están siempre por encima de lo que puede o no puede hacer. Descubro formas de darle las pastillas cómodas para ambos, le huelo las orejas cuando le como la cara a besos, y le doy masajitos en las pezuñas cuando está dormida para que no tenga pesadillas.
No me importa tener la ropa y la casa llena de sus pelos, ni la alergia que a veces me dan, o cómo se me pone el ojo si me entra uno de sus diminutos pelillos bicolor, lo importante es darle tanto amor cómo ella nos da, y no negarle demasiados mimos cuando los pide. Se me parte el corazón cuándo tengo que pasar el día en la oficina y dejarla sola si su madre no está, y hace del teletrabajo un día muy diferente. En lugar de reloj se emplearán referencias más precisas cómo «es hora de bajarla», «hora de la roomba», «desayuno de mimos» o «la hora de la pastilla». Ha vivido tan llena de amor, ha entregado tanto, que lo lleva tatuado en su frente. Y sé que si necesito llorar o un nudo en la garganta tan sólo debo pensar en lo mayorcita que está, y se me hace bolita el corazón, no imagino un mundo sin ella.
Jamás imaginé que se podría querer tanto a un bichito peludo.
Tiene de mi todo… y sólo tiene que pedirlo con la mirada:

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1 respuesta

  1. Tania dice:

    Lo que nos dan es amor incondicional es su forma más pura. Gracias por cuidarla y disfrutarla como merece. ❤️

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