Y la venta de humo se dispara en la bolsa de Nueva York

Desde muy pequeños, llevamos maletas de las que no somos conscientes. Por ejemplo ¡Tetas! Tras esos meses en los que estamos enganchados a ellas como sustento vital, luego los hombres pasamos la vida fascinados por su belleza, siendo uno de los elementos al que nos aferramos con pasión en nuestras parejas y del que nunca parecemos cansarnos. No tengo muy claro cómo afecta su propio pecho a las mujeres, si influye mucho en los complejos y su autoestima, he visto a chicas ponerse pechos exageradamente grandes que parecían sentirse mejor así, y las que se quitaron pensando que tenían mucho cuando quizás no era así ¿Qué mujer está contenta con sus tetas? En fin, si algo tengo claro es que para gustos colores, y que a unos les gustan más grandes y a otros nos gustan más pequeñas.

Pero aunque parezca lo contrario, no quería hablar de tetas, sino de las huellas de la infancia. Como por ejemplo, el ¡Mira qué hago Papá! que todos hemos gritado en algún momento buscando la aprobación de nuestro padre o madre y sus elogios. Recuerdo las piruetas, los pequeños logros, los avances vitales en los cuales miraba a mi padre esperando un aplauso o un elogio, que siempre conseguía hincharme como un pavo si llegaba y me estaba mirando. Supongo que a todos nos ha pasado ¿no?
Según fui creciendo, bien cruzados los treinta, me di cuenta de que parte del sentido de la vida es apreciar por ti mismo tus piruetas, aunque nadie te aplauda, aunque nadie te vea. Cuando te quedas sin medallas ni premios demasiadas veces, aprendes a vivir solo, pues la gente no tiene por que darle el mismo valor que tu le das a algunas cosas. Si bailas buscando aplauso y no lo obtienes, quizá deberías plantearte por que bailas, y si te gusta de verdad, deberías seguir haciéndolo toda tu vida.

Me resulta especialmente molesto encontrarme con ese ¡Mira qué hago! en el mundo corporativo. En ese mundillo, tu haces un trabajo, pero cada vez más importante es que le cuentes a todo el mundo que has hecho ese trabajo, para que te den tu premio en forma de prestigio o compensación de cualquier tipo. Siempre me ha resultado molesto, pues hay personas que únicamente se dedican a eso, hay gente con el superpoder de trabajar una hora y pasarse hablando de ello semanas. Es la puta victoria del «parecer» sobre el «hacer», del maquillaje sobre la verdadera cara, de la apariencia sobre la verdad, bienvenidos al siglo XXI.
Durante años me enfrenté a esa tendencia, pero mis derrotas se sucedían.
Así que le quité tiempo a mis tareas más técnicas para preparar informes coloristas en los que los jefes supieran qué hago y el valor que puedo aportar con mi trabajo.
El problema es que siempre se quiere más y nunca es suficiente, y quienes queremos hacer nuestro trabajo nos vemos alienados por los que reducen a números y gráficos, a tendencias y verdades que ellos pueden ver en una hoja de cálculo.
Y la venta de humo se dispara en la bolsa de Nueva York.
 
 

También te podría gustar...

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies