No puedes llevar a quien no quiere llegar

Ayer contemplaba el milésimo mensaje de una amiga maldiciendo a su ex.
Está claro que las maldiciones no funcionan, pues de ser así, este hombre ya habría muerto aplastado por un piano que habría caído directamente del cielo. Tras semanas de investigaciones y una portada de «Más allá» nadie habría encontrado explicación a tal suceso, sin saber que el odio puro pudo materializar un piano en el aire que convirtió a un gilipollas en una pegatina.
Al leer una broma sobre él que había escuchado por primera vez ya hacía muchos años, y desde entonces, cientos de veces, pude ver mi propia cara de: «¿En serio?«, siendo consciente de que si escuchas una misma broma desde hace tiempo, es que quizás no haya habido ningún progreso en la gestión emocional de la materia. No sé, al leerlo, me cansé de pronto. Pensé ¿Cuánto tiempo más puedo remar en esta amistad? Todo el día anima que te anima, sin moverme del sitio pese a que mi positivismo nunca deja de recibir descargas negativas por parte de ella. Los que me conocen saben que soy optimista, a veces insufrible, y siempre animo a la gente con elogios y buen rollo, dentro de mis posibilidades. Con elogios honestos, con esperanza e ilusión, con sonrisas y con fe intento soplar a favor aunque esa persona se tire al suelo y se agarre a las baldosas para no moverse, luchando por anclarse a un pasado que dice aborrecer. A veces todo su mundo es un huracán que quiere moverla hacia delante, y sin embargo, sigue reptando por el suelo hacia atrás ante nuestra sorpresa.
De repente me sentí ridículo soplándole para que avanzara. Pensaba en todas las horas animando, en las horas hablando de esas más de cien mentiras que hacen que la vida valga la pena, e intentando que fuera hacia delante… y en lo inútiles que me parecían todas ellas cuando volvía de ese modo a aquel primer momento en que me contó todo.
Así que ahí estábamos, en una jodida barca imaginaria en medio del puto atlántico, conmigo remando hacia el faro y ella farfullando sobre la vida, la gente tóxica y la falta de esperanza. Su voz se fue diluyendo con el silencio hasta que dejé de escucharla, respiré hondo, coloqué bien los remos y me bajé de la barca, ni me sorprendí al apoyar mi pie en el agua y poder caminar sobre ella, y puse rumbo tranquilo hacia la costa. El agua parecía humo y no era capaz de mojarme, y en mis pies sentía cómo si caminara descalzo sobre césped. A mitad de camino me giré para mirar atrás, y allí seguía ella haciendo aspavientos con las manos hacia el sitio dónde estaba yo hace un rato.
Me pregunto cuándo se dará cuenta de que me he ido.


Animación de «Misa de Medianoche«, una gran serie que podéis ver en Netflix.


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