Enseñar a valorar lo que se tiene

Cuando te acercas a los cuarenta empiezas a valorar cosas que quizás nunca te habían preocupado. El otro día me dolía la yema del dedo que uso para el móvil, y cada vez que lo tocaba sentía una quemazón que tardó un día en pasarme, es increíble como algo tan pequeño puede joder tanto. Esta semana me atormenta un gemelo, y no puedo bajar escaleras sin que me duela, y eso te hace valorar lo importante que es poder caminar con normalidad y tener las piernas sanas, cómo limita no poder bajar una escalera.

A raíz de eso, pensaba que estaría bien que se hicieran ejercicios con los niños sobre estas cosas. ¿Vendar un par de días los ojos a un niño? Sería un gran experimento, y enseñaría mas a ese niño que meses de interminables lecciones, pues vería, nunca mejor dicho, el mundo de un modo diferente, y valoraría una cualidad como la visión como nunca antes.
Es como cuando de pequeño te ponen una escayola protegiendo un esguince o un hueso roto. Te sientes raro durante unas semanas, aunque no afecta a tu vida tanto como otros escenarios, más allá de no poder ducharte con normalidad o de esos picores mortales en sitios a los que no llegas.

Hay que poner a prueba la vida, ponerse en otras pieles, echar de menos cosas… todo contribuye a crecer.

Deberíamos hacer ese ejercicio de vivir sin algo aprendiendo a darle su verdadero valor, antes de que lo perdamos sin opción a recuperarlo, antes de que el tiempo o el azar nos lo quiten.

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