La vida sin cruzar paredes a cabezazos

Uno de los cambios que he ido notando en los últimos años en mi, es adquirir el suficiente temple como para controlar la ira o los enfados. Intento aplicar una máxima que explicaba bien un chiste:

– Vaya ¡Hola Luis! cuanto tiempo sin verte ¡Qué buen aspecto tienes! ¿Cual es tu secreto?
– Pues he aprendido a tomarme la vida con calma y no discutir por cosas insignificantes.
– ¡Venga ya, menuda chorrada! No puede ser por esa tontería.
– Pues no sera por eso.

Antaño he librado grandes batallas. Cuando eran de pareja, eran de las que te dejan exhausto, con la energía justa para un salvaje polvo de reconciliación. Cuando eran con amigos, de las que hacen temblar el hilo de la amistad, o reírte al día siguiente, según como ambos se lo tomen. Defender tu postura es agotador, y más aún cuando quien tienes delante no adapta ni negocia su punto de vista por muchos argumentos o pruebas que le des de que algo no es así.

Pero he aprendido, como ya dije en alguna ocasión, por tonto que parezca, que hay una opción a cruzar un muro de piedra que antes no consideraba… el NO hacerlo. A veces nos empecinamos tanto en hacer algo, que olvidamos el motivo y el sentido. ¿Quiero hacerlo? ¿Qué beneficio obtendré si lo hago? O concretando… ¿Será capaz esta persona de entender lo que pretendo explicarle? ¿Es posible la comunicación que pretendo?

A veces no tiene sentido pasar horas hablando con una persona cuya mente es una tierra donde no puede germinar la semilla de la duda, quienes una y otra vez, vuelven a sus patrones… victimismo, hostilidad ante la negación de sus argumentos, infantilismo caprichoso, orgullo… puedes pasarte horas hablando con alguien, explicar un argumento, definirle otros puntos de vista, aprender de los suyos… y de repente ves que vuelve a verlo todo como antes de hablar, y te desanimas. A todos nos puede pasar eso, pero hay personas en los que es una constante: los náufragos que no paran de gritar pero que cuando llegas a su isla no quieren ser salvados, los niños adultos que lloran por un juguete pero que si se lo das llorarán por otro, los adictos a su autocompasión que culpan al mundo y quienes le rodean de todo… y cuando quieres a alguna de esas personas sufres, pero no hay que olvidar que no se puede salvar a quien no desea ser salvado, ni razonar con un caprichoso, ni hacerle ver el mundo a quien elige ser ciego.
Alguna vez he hablado de lo difícil que es para quien pretenda ser un buen padre ver cómo su hijo se tropieza y golpea por la vida, sin poder evitarlo, sin sobreprotegerlo, dejándole que aprenda algo que no se puede explicar. Con las amistades y seres queridos sucede algo parecido, debes ayudar si se te pide, tender una mano si la van a coger, pero también, por duro que sea, dar un paso atrás y dejar que cada uno soluciones sus problemas y haga sus elecciones… ese paso atrás es duro, pero necesario.

Hay muchas alternativas a partirte la cabeza intentando atravesar un muro de piedra…
os aconsejo que intentéis explorarlas.

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1 respuesta

  1. Shubhaa dice:

    Mi querido KATREyuk, a veces la mejor manera de ayudar es precisamente no hacer nada y yo estoy en el plan de reservar energías y esfuerzos para terrenos más fértiles o por lo menos más predispuestos. Y es que al final, tú te llevas el berrinche y el otro lado ni se inmuta, como no se inmuta la piedra. Tienes mucho bueno que dar a quien sepa apreciarlo…
    Abrazos con aprecio

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