Cuando alguien se equivoca… pero debe hacerlo.

A lo largo de mi vida he cometido muchos más errores que otras personas de mi edad, bien por ser valiente…o estúpido. Me he tropezado muchas veces con la misma piedra, y sé que quienes más me querían y me quieren han intentado, por activa y por pasiva, evitarme muchos de los accidentes a los que he ido de cabeza y sin frenos. Y los mejores amigos, los buenos de verdad, me han seguido queriendo cuándo pese a sus gritos, me he dado de bruces contra una pared, quedándome con la cara ensangrentada (estoy hablando metafóricamente).

Eso mismo he intentado yo muchas veces, evitarle el golpe a un ser querido, trasladarle mi experiencia o mis sensaciones (a menudo más certeras por eso de que es más fácil ver desde lejos y desde fuera que desde dentro). Y aunque les explicas que van directos a una pared de hormigón, es habitual que se den de frente como ella, quedándoles la misma cara de idiota que tantas veces se me ha quedado a mi. Alguna vez me sorprende la vida, y sacan alas para despegar y evitar así la colisión, y en esos pocos momentos de sorpresa… soy muy feliz por equivocarme.
Por desgracia son muchas más las veces en que no es así y debo lamentar el dolor de quien quiero.



📷 Imagen de Daniel Ponomarev en Pexels

 

No soy más listo, ni mejor, tan solo es que la experiencia es un grado, y los años te dan mucha por idiota que seas, y por duro que seas aprendiendo.

Antes me desvivía por hacerle ver a alguien su error.
Lloraba, gritaba y me desesperaba, me fundía de dolor.
Ahora tan solo lo digo una o dos veces: «Yo creo que así no es, que ese no es el camino.»
Y deseo con fuerza equivocarme… pero por lo que os comenté en el resto del post,
no es habitual que pueda celebrar el equivocarme, y sí lamentar que un buen consejo no ha sido escuchado.

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