La secta del motero

NOTA: Si eres motero y crees que no hay ruido como el de tu moto quizás no deberías leer esto.
Esto es para los que padecemos las molestias asociadas a vuestro gremio, como liberación y escarnio.

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Cuando de pequeño veía a aquellos tipos con chupa de cuero y una tía espectacular abrazándolos por detrás, pensaba: “¡Putos amos! ¡Qué leyendas! las motos deben venir con novia de serie”. Luego crecí y descubrí la verdad: la moto no solo no trae chica, sino todo lo contrario. Pero comprarte una moto potente y vistosa sí que trae algo mucho más profundo e inquietante: te afilia automáticamente a una curiosa y molesta secta.

Me hace especialmente gracia el saludo de los moteros, con la V con la mano izquierda deseando un buen viaje, hermanando a dos personas que no se conocen para nada… da igual que sea el otro sea un asesino en serie recién fugado, un asiduo a la isla de Epstein o el mismísimo cateto que sigue pensando que vota a Vox por un programa político que nunca ha leído o visto. Si va sobre dos ruedas, es tu hermano, y lo saludas, y punto, del mismo modo que se saludan los que tienen una caravana o un todoterreno. Literalmente, su vehículo se convierte para ellos en un contrato de hermandad y un compromiso con la vida. Lo mismo que hacer el máximo ruido posible, a golpe de muñeca, vinculando en su imaginación este gesto con la amplitud genital o sexappeal que creen poseer cuánto más ruido hagan.
Llamémosle tribalismo de escape o sesgo endogrupal de dos ruedas, como prefiráis.

Y para amortizar su haber pagado por una moto lo que vale un coche, pondrán fotos junto a su «burra» en todas las redes sociales, especialmente Tinder, inconscientes de que es más una red flag que otra cosa (pero que les da igual, realmente buscan amigos o ligues moteros). Es como la persona que se compra una cámara reflex principalmente, para hacerse una foto con ella en el espejo. Pocas personas se definen tanto por un objeto material como este gremio. Ya sé que dirán: «No es un objeto, es que mi alma tiene dos ruedas«. Sí, así es, y un gran vacío si solo te defines por eso, y no posees una cierta empatía por los demás.

Podríamos segmentarlos en muchos tipos, pero hoy me quedaré con dos… o tres:

Por un lado, los aspirantes a Hijos de la Anarquía. Creen que la potencia no se mide en caballos, sino en decibelios. Su misión es desequilibrarte mientras tomas una cerveza o un café, y desviar cuantas miradas puedan. Creen que son miradas de admiración, cuándo en realidad… es vergüenza ajena, pena y en ocasiones, un poquito de asco. Se creen los herederos espirituales de Marlon Brando y James Dean, cuando en realidad son la versión ruidosa e incómoda de Steve Urkel esgrimiendo un titubeante «¿He sido yo?» tras romper los cristales del ayuntamiento con sus tubos de escape. Si cuando pasan por esas preciosas carreteras de montaña que tanto dicen que les gustan, no se les escucha a tres kilómetros o consiguen que dejen de copular todas las aves del bosque del susto, no se quedan satisfechos del todo.

En la otra esquina, el urbanita motero. Este no hace ruido; hace “maniobras logísticas”. Tiene una interpretación superior de lo que es el código de circulación. Cruza las calles por la acera con una naturalidad pasmosa, como si la moto tuviera modo peatón. El summum de su arte es llegar al cajero automático y, sin bajarse, sacar dinero con el casco y los guantes puestos. Si ves a uno metiendo medio manillar en la oficina de Correos para no desmontarse, no le juzgues: está honrando la hermandad. Obviamente, los moteros ruidosos tienen orgasmos al invadir territorio del urbanita, cuando cruzan la Castellana haciendo un estruendo que hace que algunos miremos pensando que ya están haciendo prácticas para el desfile de las fuerzas armadas, el 12 de Octubre.

Aparte de estos hay otro tipo de moteros, capitaneados por Keanu Reeves, nuestro jesucristo matrixico. Gente que le encanta el ruido moderado de las motos, que respetan a los demás, y que valoran la humanidad y la empatía con el prójimo. Pero recientes estudios han demostrado que es una especie en peligro de extinción. Pero si eres de ellos, disfruta de la carretera, sin hacérnoslo saber a todos, y gracias por tu humildad y buen hacer.

Y es que mi inquina por esta secta no es algo innato, sino desarrollado a golpe de molestias, sustos, faltas de respeto o poner mi vida en peligro en la carretera. Se debe a esos seres ruidosos que incluso estando parados aceleran para que todos los que están alrededor tengan que dejar de hablar. Llevan sus enormes trajes que limitan seriamente su movilidad y se creen astronautas por ello. Como se saben dueños de la carretera, te adelantan por izquierda o derecha sin señalizar ni valorar si ponen en peligro a tu familia o a ti, lo único que importa ahí… es su ego, que no cabe en dos carriles. Y por si no tuvieran suficientes complejos, van en grupo para que en lugar de lidiar con 1 único orangután, tengas que tolerar un grupo de 5 o 10 que van comentando y resolviendo ecuaciones diferenciales y derivadas mientras toman curvas, tema que siguen ampliando al sentarse en un bar, con su habitual discreción y volumen que busca no incordiar a nadie.

Por si aún os queda alguna duda de como muchos vemos a los motoristas, South Park lo explicó genial en su capítulo 12 de la temporada 13. De ahí es este vídeo:

Si no lo entendéis en inglés, aquí está en latino.

Venga ¿Quién es el primer motero que me insulta?
Que luego igual vienen sus amigos, les encanta hacer las cosas en grupo.
La argumentación se agradece, y el uso de frases complejas, también.

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