“No estás deprimido, estás distraído”

Ay, Facundo. Ese trovador descalzo que convirtió la pereza mental en poesía de aeropuerto. El hombre que miraba una nube y, en lugar de pensar “va a llover”, sentenciaba: “La nube es el cielo que se aburre de ser infinito”. Y nosotros, pobres ilusos, aplaudíamos.

Su célebre frase, “No estás deprimido, estás distraído”, es una obra maestra del vacío glitter. Porque claro: ¿ansiedad? Falta de atención. ¿Trauma infantil? Pura dispersión. ¿Crisis existencial? Usted no ha mirado bien un atardecer, amigo. Según Cabral, el universo se soluciona con un cambio de canal mental. Si el psicoanálisis fuera fácil, sería una pegatina en un termo.

Pero lo más genial de su “filosofía” es la audacia de decir perogrulladas con tono de guru. “Lo contrario del amor no es el odio, es el miedo”. Ah, ¿sí? ¿Y lo contrario de un libro no es una piedra, sino la falta de páginas? Sus metáforas son como un árbol visto desde abajo: parece profundo, pero solo es un árbol. Un árbol que, encima, te cobra entrada por decirte que respires.

Cabral elevó la frase hecha a categoría divina. Cualquier lugar común servía: “La vida es hoy”. “Agradece lo que tienes”. “El camino es el destino”. Cosas que tu tía te dice mientras pela patatas, pero con guitarra y poncho. Y la gente lloraba. Porque, seamos sinceros, cuando alguien con voz grave y mirada perdida te dice “no estás roto, estás brillando”, sientes que te han dado una llave maestra del cosmos. En realidad, te han dado un imán para la nevera con forma de nube.

Lo paradójico es que su mensaje contra la distracción termina siendo la mayor distracción de todas: una niebla de palabras bonitas que te impiden ver que el problema no era estar distraído, sino creer que una copla es un manual de terapia. Cabral no resolvía nada; te ponía una venda de rimas sobre la herida y te decía “mira el horizonte”. Y el horizonte, claro, nunca devuelve el dinero de la consulta.

Al final, Facundo es el epítome del poeta new age: aquel que dice mucho sin decir nada, pero te hace sentir que la culpa de no entenderlo es tuya por andar “demasiado atento a las facturas” y poco atento a “la magia del momento”. Deprimido no, Facundo. Cansado de tus obviedades. Eso sí: completamente atento a lo inútil de tu sabiduría de cartón piedra.

Porque, seamos honestos: si estar distraído es la causa de todo mal, ¿por qué el tipo más iluminado del mundo murió por andar enredando con narcos? Quizás ahí, Facundo, deberías haber mirado menos las estrellas y más al espejo retrovisor y quienes caminaban a tu lado.

Pero bueno, despidiéndote a tu estilo:
No descansas, vuelas. Y no vuelas porque te hayas ido, sino porque nunca estuviste del todo aquí. La muerte es una distracción de un alma que se aburrió de caminar. Así que no te digo ‘paz’, porque la paz ya eras tú cuando reías sin motivo. Mejor te digo: sigue distrayendo al infinito con tu asombro. Y si alguien te llora, recuerda que las lágrimas son el mar aprendiendo a nombrar tu nombre. Buen viaje, compañero. O mejor: buena quietud, que al final es lo mismo pero con menos equipaje.

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