¿Quieres avanzar o quieres dejarte empujar?

A lo bueno es fácil acostumbrarse, y a lo malo a veces nos acostumbramos sin darnos cuenta. Cuándo alguien nos hace cosquillas o un masaje, el tiempo pasa a una velocidad… y cuando nosotros lo damos, va a otra velocidad muy distinta, siempre y cuándo no intervenga el Amor, maestro en relativizar el tiempo más allá de toda lógica.
Es muy difícil animar a una persona, sobre todo dependiendo de las circunstancias:

— ¿Qué te ha pasado?
Ha muerto mi abuela…
— ¡Vaya! ¡Cómo lo siento! ¿Fue algo rápido? Mejor para ella…
¡No! Fue el final de una lenta agonía de varios meses…
— Bueno, quizás entonces estabais mentalizados ya ¿no?
Uno nunca se mentaliza para esas cosas
— ¡Ya! ¡Podréis mantenerla viva en el recuerdo!
Pues no mucho, ayer me diagnosticaron Alzheimer
— Vaya…

Y es que no es sencillo, pues hay quienes se ahogan en un vaso de agua, y también hay quienes tienen tantos problemas juntos… que no sabes por dónde cogerlo. En este mundo de contrastes hay personas que viven en la calle, cojos, ciegos, hambrientos… y sin embargo, sonríen todo el día, y hay personas que aún teniéndolo todo, parece que siempre tienen algo a lo que aferrarse para estar desanimados, cuántas veces habré pensado lo importante que es la actitud, por qué… al fin y al cabo, es eso ¿no? Hay gente que se cae al suelo… y se descojona de la risa, recuerdo que a mi abuela le llevaba un buen rato levantarse pues no podía dejar de reírse… y sin embargo, en muchas otras cosas era negativa y siempre veía el peor lado de todo.

Y es que hay personas que le das un empujón y cogen inercia… te lo agradecen, o no, o tan solo te sonríen… a veces te dejan atrás, otras te tienden la mano para que vayas con ellas, pero saben aprovechar, o incluso aumentar, la energía que les aportas, para convertirla en cambio, en esperanza y en mirada al horizonte, en fuerza vital hecha movimiento.
Sin embargo, hay personas que cuando las empujas notas que no hacen nada por avanzar, que echan la espalda para atrás para que sigas empujando con más fuerza si cabe. Y claro, tu quieres ayudar, y sigues empujando, las sostienes incluso… y quizás esas personas olvidan que empujar también cansa, y que la paciencia y las fuerzas son finitas. Así que un buen día dejarás de empujar, y se caerán al suelo, sorprendidas y atónitas por lo sucedido, te mirarán diciendo «¿me has dejado caer?«, a lo que responderás cansado y sonriente «¡Sí! Claro ¿Qué esperabas?«. Puede que te llamen de todo antes de tener la oportunidad de reflexionar sobre su actitud vital y aprender algo importante… que la actitud, lo es todo.

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