Lo que tu subconsciente sabe, pero tu corazón niega.

Hace poco celebré mi cumpleaños. Entre el ajetreo del día, me descubrí por un momento haciendo un balance inusual. Me paré a pensar en dos tipos de personas: aquellas cuyo olvido de esta fecha importante podría decepcionarme, y aquellas cuya felicitación, paradójicamente, me dolería o me provocaría rechazo.

Para mi grata sorpresa, el primer grupo estaba vacío.

Tengo la inmensa suerte de que las personas verdaderamente importantes se acordaron de mi día. Resulta curioso (y hermoso) cómo, incluso sintiéndome algo huérfano de amistades durante gran parte del año, en esta fecha tanta gente se acerca para dejar un abrazo y su huella, ya sea de un modo u otro. Es reconfortante saber que he dejado una marca bonita en sus vidas para que esto suceda. Y si alguien lo olvidó, no le guardo rencor; yo mismo soy tan despistado que sin el calendario del móvil apenas recordaría un par de fechas. Entiendo que alguien se pueda olvidar y sé que no por ello me quiere menos.

El segundo grupo, el de las personas que preferirías que te olvidaran, es más complejo. Este año recibí un único mensaje de quien no esperaba: una antigua amiga a la que, tras ir descubriéndole poco a poco su verdadera cara, decidí dejar ir. Sin dramas, sencillamente la solté.
Sin embargo, año tras año, persisten sus mensajes de «Tenemos que ponernos al día«, cuando en realidad no existe el menor interés por que eso ocurra. Como leí hace poco: lo que alguien dice deja de importar cuando no es coherente con lo que realmente es.

Al final, nuestro corazón sabe cosas que la mente se empeña en negar.

Esa conexión invisible del alma con el mundo sabe perfectamente quién es para ti y quién no. El problema es que solemos aferrarnos con tanta fuerza a vínculos que ya no nos deparan nada bueno, que nos condenamos a sufrir una y otra vez. Yo nunca he sido el mejor gestionando esto, pero estoy mejorando. Dejar ir a esta amiga fue, sin duda, un importante paso adelante.

No voy a mentir: siempre quedará una parte de mí que sienta nostalgia. Echaré de menos las fiestas improvisadas de aquella gallega pelirroja, con su magia para transformar un sábado aburrido en una aventura que te hacía acabar en la otra punta de Madrid o en Ikea. O las charlas trascendentales con la brasileña de gran corazón, cuya bondad y enseñanzas vitales la hacían tan sabia como auténtica.

Pero ser honestos con nosotros mismos no siempre es coherente con idolatrar a quienes formaron parte de nuestra historia. Consiste en saber decirles adiós y, sobre todo, en ser justos y atrevernos a gritarle a sus sombras: «¡No os portasteis bien conmigo! Os di mucho más de lo que me disteis«. Porque, incluso reconociendo y agradeciendo todo lo hermoso que sumaron a mi vida, duele la asimetría. Duele descubrir que, engañado por el velo de su aparente bondad, no hubo coherencia entre sus palabras y su corazón. A la hora de la verdad, siempre eligieron el camino que evitaba cuidar nuestro vínculo.

Abrir las manos y dejar que las personas partan a su próxima estación, no somos destino, sino parte del viaje.

Eso sí, no sin antes desearles, desde la más absoluta paz, que la vida las envuelva con el mismo amor que tú, alguna vez, les profesaste.

 
 
 

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