Sin besos no hay murallas por las que trepar a tu cielo.
Ahí estaba ella, con su sensual figura de nuevo ante mí. Durante años habíamos jugado al gato y al ratón, y a estas alturas yo seguía sin saber cuál de los dos papeles me tocaba. Si era por las ganas de atraparme, estaba claro que ella era la gata; pero si era por las ganas de devorarla sin dejar rastro, el felino era yo.
Era una de esas relaciones con mareas: iban y venían. Siempre desde el cariño y el respeto a la tensión que nos unía, pero haciendo malabares sobre una cuerda floja de la que ambos podíamos caer en cualquier momento.
Cuando yo intentaba sentar la cabeza con alguien más, ella se enfadaba o se alejaba durante meses. Sin embargo, cuando esas relaciones acababan, ella siempre aparecía como mi motivo perfecto para sonreír y celebrarlo.
Más de una vez me escurrí entre sus dedos cuando intentaba ser ella quien construyera algo más serio conmigo. Había algunos frenos invisibles que me echaban para atrás.
El sexo se nos daba de maravilla, pero siempre he pensado que el clímax de una buena intimidad llega cuando, después de gemir, te ríes. Y con ella, a menudo, no sabía qué decir ni de qué temas hablar. Le tiraba de la lengua y acababa sumergido en un monólogo sobre sus conflictos laborales y familiares hasta que «El retorno del Jedi» (o la vuelta de mi erección) dejaba de ser una posibilidad en esta galaxia.
Me enfadaba conmigo mismo. Era una mujer fantástica, preciosa y muy buena gente, pero nuestra química era de un solo carril.
Después de un año y pico sin vernos, las envenenadas redes sociales hicieron su magia para que retomáramos el contacto. Yo había recuperado mi soltería y no pude evitar lanzar un anzuelo que ella, tímidamente, mordió.
Tras una cita de cine y cena a modo de preliminares, acabamos en su casa, nerviosos como dos adolescentes. Y entonces, cuando me besó, recordé algo que había olvidado cegado por sus curvas: no había química al besarnos.
Gestioné como pude lo que vino después, que supo a algo parecido a una bebida caliente, tibia y sin azúcar. Esa noche, de camino a casa, recordé una gran verdad:
Todo gran castillo de pasión en el que quieras morir calcinado debe empezar por algo tan vital como un buen puñado de buenos besos.
Sin eso… sencillamente, no hay hoguera que arda.

📷 Imagen de BOOM Photography en Pexels





Otro de vuelta
Un abrazo enorme
Otro para ti. Feliz año Mamen
Lo que sucede conviene ¿no? Un abrazo inmenso
un abrazo enorme!!!