¿Quién eres más allá de tu relación sentimental?

Hoy pensaba en cómo nos cambian las personas que tenemos a nuestro lado. Ya no digo si para bien o para mal, pero sencillamente… nos cambian. La alegría con la que esa persona vive, la mía, su coherencia entre actos y palabras, la mía, sus maletas llenas de trapos y fantasmas, las mías. A menudo nos centramos tanto en la convivencia con nuestro medio limón, que olvidamos ser quien realmente somos, y también, quien queremos ser el resto nuestra vida. Aún teniendo el compañero de vida adecuado, tu existencia no estará, ni debe estar, supeditada a la de él o ella, por mucho que no concibas tu vida sin sus colores y hacer planes junto a ese ser mágico sea tu plan favorito. Incluso en la inmensa dicha del amor, no debe perderse nunca tu esencia, la noria da muchas vueltas y el crecimiento no es opcional…

«…Cantad y bailad juntos, alegraos, pero que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces. Hasta las cuerdas de un laúd están separadas, aunque vibren con la misma música.»
 
Kahlil Gibran (1883-1931)
«EL PROFETA» (sobre el matrimonio)
 

Se trata de un arquetipo muy común en las relaciones de pareja, una historia que se repite una y otra vez: chico conoce a chica, surge la atracción y se enamoran de lo que cada uno es. Sin embargo, en algún punto del camino, uno de los dos comienza a adaptarse al otro de manera profunda, hasta el punto de dejar de ser él mismo. En ese proceso, sacrifica su autenticidad y se convierte en una versión de sí mismo que cree que su pareja desea.
Esta renuncia a la propia esencia le arrebata su plenitud y, con el tiempo, también su felicidad. La relación, que antes se sostenía sobre dos personas genuinas, comienza a desmoronarse sobre una base falsa. La ironía final es cruel pero reveladora: haberte transformado y adaptado por completo a la otra persona es, precisamente, lo que hace que esa persona ya no quiera estar contigo.
Y tú, ¿alguna vez has vivido esta historia desde un rol o desde el otro?



📷 Imagen de Trần Long en Pexels

 

«…pero que haya espacios en vuestra unión,
Y que los vientos de los cielos bailen entre vosotros.
Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura:
Que sea más bien un mar en movimiento entre las orillas de vuestras almas.
Llenad la copa del otro, pero no bebáis de una sola copa…»
 

En el pasado, reconozco que a menudo renuncié a ser quien era para entregarme por completo a mi pareja. Sin embargo, hoy sé que esa ya no es una opción para mí. Con la madurez, uno aprende a valorar la libertad y descubre lo hermosas que son las relaciones construidas sobre ella, no a pesar de ella.
Hay una gran diferencia entre regar una planta a diario por el amor que le tienes, y hacerlo por una obligación que temes incumplir para no ser castigado. Cuando el amor es el incentivo, la obligación sencillamente sobra.
En mi caso, disfruto de los contrastes: anhelo tanto la calma del hogar como el frenesí de la aventura y los viajes. Me gusta salir a tomar algo, pero también una tarde de cine o de videojuegos. Soy un conjunto de equilibrios.
Y he descubierto que puedo ofrecer todo eso, puedo derramar sobre alguien ese océano de amor que siempre he sentido dentro de mí, sin necesidad de cambiar mi esencia. Y me encantaría recibir lo mismo a cambio. En cualquier caso, sé cómo proceder, desde la paz y el amor.

«…sed como el roble y el ciprés,
nunca crece uno a la sombra del otro.»

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