La comodidad de la culpa ajena

Existe una extraña comodidad en señalar con el dedo (aunque al hacerlo otros tres te señalen a ti). Cuando algo sale mal, cuando los planes se desmoronan o las expectativas no se cumplen, culpar a otros se convierte en un refugio inmediato. No duele. No exige examen interior. No obliga a confrontar la propia imperfección.

El mecanismo es conocido: buscar alrededor hasta encontrar a alguien a quien endosar la responsabilidad. Preferiblemente alguien que no estuviera presente cuando se tomaron las decisiones cruciales. O alguien que, estando, carecía del poder para modificarlas. La culpa, convenientemente transferida, alivia la tensión del error propio.

Pero esta ligereza tiene un precio invisible. Cada vez que desviamos la responsabilidad hacia afuera, erosionamos algo fundamental: el respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos. Convertimos a las personas en depositarias de nuestras negativas a crecer. Las usamos como coartada para no enfrentarnos a nuestras limitaciones.

Asumir un error no es debilidad. Es, quizá, el acto de respeto más profundo que podemos ofrecer. Reconocer que fallamos, que no supimos, que elegimos mal, es abrir la puerta a la posibilidad de hacerlo mejor. Es tratar al otro como un igual, no como un receptáculo de nuestras sombras.

La persona que culpa siempre a otros termina habitando una prisión de su propia fabricación, donde nunca aprende, nunca mejora, nunca verdaderamente se encuentra con los demás. En cambio, quien acepta su parte construye puentes donde antes había muros.

El respeto mutuo comienza ahí: en la valentía de decir «esto fue mi responsabilidad». En reconocer que el otro no está para cargar con lo que no le pertenece. En entender que vivir en comunidad exige el coraje de mirarse al espejo antes de buscar culpables alrededor.



📷 Imagen de Brett Sayles en Pexels

 

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