La casualidad te va a alcanzar

La lluvia caía con fuerza sobre las calles de una ciudad que se plegaba sobre si misma. No hay brisa capaz de interrumpir el reinado de las gotas cuando tercas, asedian suelos y tejados implacables y sedientas. Mis pies se deslizaban entre neones y puertas cerradas, entre desconocidos y sentimientos mojados, entre cubos de basura y alcantarillas sin salida. No agachaba la cabeza aunque un tenue arroyo atravesara mis cejas, era el único modo que se me ocurría de que no empapara mi alma, de que mi corazón siguiera azul.
Nunca me gustaron los paraguas, es como el soplido que apaga la vela de una promesa, la espada que apunta al cielo para privarnos de una lluvia que nos recuerda que estamos vivos. Aún así, comprendía a quienes los usaban, más ahora que empezaba a calarme el agua por la nuca después de haber encharcado mi pelo. De ahí, invadiría la camiseta, y al volver a casa tendría que cambiarme por completo. Pero por lo menos, habría sentido la vida envolviéndome, atravesándome, empapándome.

Aceleré mi paso sintiendo una extraña presencia que me perseguía. Miraba atrás y no reconocía ninguna figura, pero había algo, conocido y extraño a la par. Casi corriendo doblé una esquina, por poco piso un gato que escapaba de las gotas que tan poco le gustan, y al proseguir mi mente analizaba si el gato era negro y de qué lado había salido, pensando si quizás la mala suerte supersticiosa se uniría a mi perseguidor. Al llegar a la siguiente esquina hice colecta de valor y giré la cabeza, no había nada, ni nadie, pero esa sensación seguía a mi lado.
Durante los siguientes pasos analicé mi posible locura, respiré hondo para serenarme e intentar controlar una paranoia que dejando de ser divertida parecía agobiarme por momentos. Me dirigí a la entrada del parking donde había dejado mi coche, allí había unos soportales que además me resguardarían del diluvio. Aquella sensación, aquellos ojos clavados en mi, no se desvanecían. De nuevo otra esquina, y a los pocos metros la siguiente, la penúltima, y allí estaría la entrada, el cielo protector… y mirando atrás nervioso entré en los soportales, chocándome de frente con una persona, por poco nos caemos, pero conseguimos permanecer de pie.
«Disculpa» – dije ausente y sin girar la cabeza
«No te preocupes ¿Estás bien?» – me contestó
Miré de frente y allí estaba aquella chica de ojos verdes. Por sus palabras, parecía española, educada, dulce. Tenía su pelo oscuro recogido en un moño muy bonito. Sus ojos eran unos pendientes que hacían juego con el increíble colgante a juego que era su perfecta sonrisa. Me había cautivado en tan solo unos segundos… y una gota deslizándose por la espalda me recordaba que no era un sueño.
«Pareces nervioso» – aseguró
«Me sentía perseguido, creo que veo demasiadas películas de terror» – contesté sonriendo
«Será eso, o será que la casualidad te va a alcanzar» – dijo reluciente como un estrella
Y ¡Sí!, tenía razón… me había atrapado, y en ese instante caí en la cuenta de qué me perseguía.


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1 respuesta

  1. una princesa dice:

    me encanta iván, me encanta, me encanta, me encantaaaa

    ¿dónde están los días y ese azul? ¿y un lugar dónde estés tú?

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